Directores: Jean Pierre Melville
"He descubierto que el camino del samurai apunta hacia la muerte. En medio de una crisis, cuando existen tantas posibilidades de vivir como de morir, debemos elegir la muerte. No hay en esto ninguna dificultad; sólo debemos armarnos de valor, y simplemente actuar. (...) Quien prefiere vivir habiendo fracasado en su empresa, merece el desprecio, y debe ser considerado, a la vez, un cobarde y un fracasado. Quien decide morir luego de haber cosechado la derrota, se arriesga a que su muerte sea considerada un acto de fanatismo, que podría parecer inútil. Pero sin embargo, no se expone a la deshonra. Ése es el camino del samurai. (Yosho Yamamoto, "Hagakure").
Jean Pierre Melville (1917-1973) es uno de los directores más influyentes de los últimos años, y aunque para el gran público su nombre sea casi desconocido, su cine ha marcado a directores como John Woo (planea por estos días hacer una remake de El Círculo rojo), Quentin Tarantino, Michael Mann, Johnny To, Jim Jarmusch. Martin Scorsese y Walter Hill, por citar solo a algunos. En poco más de veinticinco años de carrera y con trece largometrajes en su haber, Melville fue un pionero que también influenció a los realizadores de la Nouvelle Vague francesa allá por la década del cincuenta (Jean Luc Godard lo homenajea convocándolo para realizar un papel pequeño pero significativo en Sin Aliento (1959).
Amante del cine negro americano de los treinta y cuarenta, de los westerns de John Ford y de directores como William Wyler y John Huston, Melville realiza varios policiales en su tierra natal con un lenguaje personal y un código propio que también se traslada a sus historias y a los personajes que la habitan.
Los filmes de Melville poseen en su estructura espacio-temporal una cualidad propia de cineastas como Robert Bresson, Alan Resnais, Yasujiro Ozu o Jacques Tati. Su puesta en escena es rigurosa, sobria y nítida. Filma con serenidad y sosiego los actos más anodinos privilegiados por su sentido e la observación.
Las emociones subyacen detrás de los personajes, y raramente afloran a la superficie. Los diálogos escasean (el hablar está asociado a la mentira o a la delación), el sonido ambiente prevalece muchas veces con una presencia generadora de tensiones que, también como sabe hacer Takeshi Kitano en muchas de sus películas, explota de manera brutal y fugaz. Hay un destino marcado en los rostros de los personajes de Melville, un signo que usualmente se asocia a la fatalidad y la muerte. Sin embargo, estos personajes no buscan escapar a este camino marcado de antemano, si no que con dignidad se dejan llevar por él.
Jean Pierre Grumbach (luego Melville) nació en París el 20 de octubre de 1917 en una familia judía. En su adolescencia, recibe un regalo de su padre, una cámara de 16 mm. Su formación estuvo marcada por algunos filmes mudos de Robert J. Flaherty, un pionero del documental y W. S. Van Dyke, cineasta americano que filmó documentales e incursionó en varios géneros cinematográficos.

En 1946 crea su propia compañía, lo que lo ubica al margen de las grandes producciones francesas de la época. Luego de realizar un cortometraje en 1945, estrena en 1947 El silencio del mar, una de las operas primas más conmovedoras e inolvidables de todos los tiempos. La historia es una pieza de cámara ambientada durante la Segunda Guerra Mundial, protagonizada por actores no profesionales. Filmada durante 21 días en el lapso de un año en escenarios reales, es ésta una obra maestra escondida que se conecta con otra gran película de la historia del cine, La Gran Ilusión (1937), del también francés Jean Renoir.
Pero es a partir de 1955 cuando Melville entra de lleno en el terreno del Polar con filmes como Bob le flambeur, El Soplón (1962), El samurai (1967), El círculo rojo (1970) y la que sería su última película, Un policía (1972).
El concepto de Tiempo en el cine de Melville parece cobrar otra dimensión, otra consistencia. La mirada psicologista es dejada de lado con una rigurosidad bressoniana. Los movimientos se ritualizan, todo es ceremonioso y reconcentrado. Prevalece el minimalismo, y los pequeños acontecimientos alcanzan un rango mitológico. En El Círculo Rojo la historia policial se convierte en una excusa, un pretexto para centrarse en la historia de unos personajes que, a pesar de estar en diferentes bandos, en veredas opuestas, se hermanan en sus acciones. La ambigüedad moral en las películas del cineasta francés crece a medida que avanza su filmografía. Los "buenos" y los "malos" no se definen por etiquetas sociales. Cada uno tiene sus propios códigos y reglas y actúa de acuerdo con ellas. En El Samurai, Jeff Costello (Alain Delon), es un asesino a sueldo del hampa parisina. Engañado por sus socios, tiene que defenderse en dos frentes: contra la policía y contra sus cómplices. Se organiza entonces una implacable caza, todos contra un solo hombre. El héroe de este combate nocturno triunfará. En la muerte, claro está. Una muerte deseada, organizada, como una apoteosis.

El universo melvilliano mantiene en la mayoría de los casos a la mujer como una pieza accesoria de un mundo dominado por los hombres. A veces, utilizadas y abandonadas. Otras, deseadas e inalcanzables. Los personajes masculinos imponen sus reglas en un mundo signado por la tragedia y el honor. "Hay que elegir, morir o mentir", dirá Sillien (Jean Paul Belmondo) en El Soplón, a modo de slogan que marca a mucho de los personajes de Melville, quienes, conscientes de que mentir implica traicionar a sus principios éticos, deciden renunciar a la vida.
La modernidad del cine de Melville no solo reside en el carácter individualista de sus personajes urbanos, o en la rigurosidad del tratamiento espacio-temporal de sus historias, si no en la manera de encarar sus proyectos. "Me cuido de nunca ser o parecer realista. Todo lo que hago es falso. Siempre", afirmó una vez. Y, como en Hitchcock o Fellini, el mundo de Melville parece tener una entidad propia, una vida que le pertenece sólo al director y a sus criaturas.
"El samurai debe entrenarse durante toda su vida" Esta nueva cita de Yosho Yamamoto, de su libro "Hagakure", permite decirnos que el camino emprendido por Jean Pierre Melville parece haberse regido por esta frase. Sus películas mantienen constantes y rasgos personales con pequeñas variaciones. Al revisar todos sus policiales uno tiene la (agradable) impresión de estar asistiendo a un solo gran filme. Esto ocurre con muy pocos directores. En Melville, la derrota concebida de antemano, la tragedia admitida como todo fin, hacen de su cine y su figura una de las más grandes de todos los tiempos.
Sergio Zadunaisky
Algunas películas de Melville que se consiguen en dvd o video en la Argentina:
El silencio del mar (1947)
El soplón (1962)
El samurai (1967)





casualidad (Comment this)
lo voy a ver
besos
(Comment this)
De tus 10 favoritas (wue siempre son pocas, es verdad) me gustan mucho El Padrino y Perdidos en Tokio. De Medem me gustaron más La ardilla roja y Los amantes del círculo Polar.
Saludos
Sergio (Comment this)