Estrenos del jueves 21 de septiembre
Hola gente, este es un texto muy ameno y orientativo de mi amigo, el crítico de cine Javier Luzi, comentando los estrenos de esta semana.
Estrenos de la semana
Fácticamente los avatares de la distribución y de la exhibición hacen que determinadas películas y no otras se crucen cada semana en las pantallas locales. Algo de ese azar inasible procura asomarse en las líneas que siguen y que develan algunos posibles lazos de unión inesperados en la trama de los estrenos.
El regreso y la violencia cruzan las cinco novedades. El protagonista de Agua (Verónica Chen), nadador profesional, vuelve por la revancha, y en procura de limpiar su nombre, al pueblo del que huyó acusado injustamente de un doping en una carrera. Entonces se cruzará con el pasado que continuó su curso (familia, amigos, vecinos) y con el presente representado en un joven retraído que sigue sus pasos y necesita reafirmarse. Velocidad y resistencia en pugna. Con bellísimas tomas acuáticas y un ritmo que requiere tiempo para asomar la cabeza, entre brazada y brazada, y acceder al mundo terrestre.
Otro que vuelve es Peter, o Pedro, de El regreso de Peter Cascada (Néstor Montalbano), en la nueva y disparatada comedia dramática del director de Soy tu aventura y del programa de culto Todo por dos pesos. Con más drama que absurdo, una forma de filmar y contar buscadamente demodé, y muchas canciones, se desarrolla esta historia de un cantante que viene de Miami para un recital por el centenario de su pueblo natal y encontrará que hay demasiadas puntas sueltas en el ovillo de su vida. Excelente Nahuel Pérez Bizcayart y el final filial e inolvidables algunos personajes secundarios.
Si la violencia en ambas producciones argentinas luce contenida o explícitamente parental, explota en Dear Wendy (Thomas Vinterberg) la alegoría sociopolítica sobre unos jóvenes que se reúnen en una especie de comunidad o logia para sobrellevar su freakedad y termina exponiendo los ancestrales miedos tribales yanquis. El film luce demasiado Von Trier (es guionista y productor) en sus escasas virtudes (escenografia, actuaciones) y en sus muchos defectos (puesta en escena, mensajes, intenciones). La simple idea de trasvasar cierto halo romántico de unos caballeros con espada a unos inmaduros con armas de fuego hace agua prontamente por no mencionar la rancia ideología que denotan las muertes filmadas en ralenti y con música de fondo, los absurdos, vacuos y simplistas planteos, la moralina barata o los básicos maniqueísmos.
Violencia, real y simbólica, es lo que fluye en la hasta ahora última película-ensayo del maestro Godard, Nuestra música. Las guerras y la muerte como banda sonora del hombre de estos tiempos, vistas a través de la lente de un pensador conciente y sensible. Dividida en tres partes: Infierno (mezcla de retazos fílmicos y documentales en tensión permanente), Purgatorio (una conferencia literaria en Sarajevo) y Paraíso (una ironía donde el edén tiene alambrados y la guardia de marines), al igual que La Divina Comedia, la reflexión aguda sobre la maldad humana se entrecruza con un pensamiento sobre los procedimientos visuales, la técnica y el cine mismo, algo a lo que nos tiene acostumbrados el francés.
Y finalmente vuelve, aunque nunca se fue del todo, grandiosa -demostrando su capacidad de actuación con apenas un arquear de ceja-, pero en la comedia, que no es su fuerte, Meryl Streep como una editora feroz de una revista de moda que marca tendencia y que tendrá a maltraer a su nueva y principiante asistente que derrocha inocencia, sensibilidad, inteligencia y cero glamour en un mundo que se precia de todo lo contrario, en El diablo viste a la moda (David Frankel). Una comedia mordaz sobre las relaciones laborales, las imposiciones sociales y los gustos caros que tenía todo para constituirse en una crítica revulsiva de estos tiempos y se acomoda en la franja, tan en boga y tan cool, de películas de chicas modernas (El diario de Bridget Jones, al mejor estilo Sex and the City), con ansias de ser auténticas e independientes y que se “quiebran” ante un marido y un hogar. ¡Ay Hollywood y su manía de los finales felices!
Addenda a los estrenos
A partir de hoy, viernes 22 y sólo por 20 funciones, Lisandro Alonso estrena Fantasma en la sala Lugones del Teatro San Martín, después de su paso por la exclusiva Quincena de Realizadores del Festival de Cannes y antes del interminable recorrido por el circuito de cine mundial. Repitiendo la modalidad practicada con su anterior largometraje Los muertos y asegurando para sus filmes una exhibición alejada de las multisalas y complejos en shoppings y ofreciéndoles el cuidado y el tiempo que este tipo de producciones requiere. El programa incluye toda la filmografía del joven director (además de las citadas, su opera prima La libertad) cuya carrera, reconocida por la crítica nacional y extranjera, se ha plantado como un ovni en la cinematografía argentina.
Fantasma reúne a los protagonistas de sus dos anteriores películas: Argentino Vargas y Misael Saavedra perdidos en los pasillos y subsuelos, entre la utilería y los talleres del San Martín, sitio al que han llegado para asistir al estreno de Los muertos.
El extrañamiento que estos hombres parcos y retraídos sufren en la gran ciudad, o en su condensación a pequeña escala (ascensores que hablan, salones alfombrados, pantallas de cine), se refleja en el espectador que podrá encontrar durante 63 minutos un filme de largos planos secuencias, escasos diálogos, sonidos discordantes y música cuasi experimental.
Los largos pasillos y escaleras vacíos, la desolación y el desamparo, lo que se quiso ser y quedo a medio camino (el mismo teatro como decorado fastuoso y los restos de la fiesta que se ve en una escena), la experiencia novedosa que recupera algo del asombro primigenio de las primeras proyecciones, el desencuentro entre público y cine “arte” (en esa sala con sólo tres espectadores) todo confluye en cierta melancolía (hay algo del Tsai Ming-Liang de Goodbye Dragon Inn) que tiñe una posición que bien puede leerse como toda una poética de estos tiempos y una programática de un autor que dice sin jamás bajar línea.
Si como señala Deleuze el cine moderno consiguió que los cuerpos destilaran tiempo y espacio, Fantasma es un claro ejemplo de tal tesis. Vemos fluir el tiempo en esos pasajes y lo sentimos tanto como las presencias que se encarnan. Fantasmáticas presencias, entonces, que se corporizan delante de nuestros ojos y a nuestro pesar. Ejemplos de esos miles que no vemos (o vemos igual que el acomodador a Vargas) pero están.
Alonso toma altos riesgos y pergeña hábilmente una película difícil y austera, con gran manejo de la técnica (altos puntos son la cámara y fotografía de Lucio Bonelli y el sonido por Catriel Vildosola) y devolviéndole al cine el valor de la imagen.
Javier Luzi