Wednesday, February 11, 2009

Escupiendo en la cara de Hollywood.

Acabo de terminar de ver Fedora, la penúltima película de Billy Wilder. Oscura, triste, terrrible. Una despedida del mundo del cine (que es lo mismo que decir, de Hollywood) para nada complaciente. De toques Wilder (gags, diálogos graciosos) hay poco y nada. Todo transcurre en un funeral, matizado con flashbacks que acentúan la muerte.

El otro lado del espejo de El ocaso de una vida (Sunset Boulevard). Otra vez William Holden, otra vez una actriz decidida a no dejar pasar sus momentos de gloria, emperrada en detener el tiempo. Wilder se ríe, con una carcajada más cercana a la de Heath Ledger en su último papel para el cine (el guasón en Batman, caballero de la noche), de Hollywood, del Oscar, de los actores encerrados en un espejo que solo les devuelve una sola imagen, joven y triunfal, y se ríe también de sí mismo, por qué no.

Norma Desmond y Fedora, dos caras de una misma moneda. Su paso por Hollywood ha dejado huellas imborrables no solo en sus rostros, sino también en sus cuerpos, sus almas. Y el crimen, ya al borde de la locura en el caso de la primera o el suicidio, en el caso de la segunda (aunque sea una falsa Fedora) como únicas vías de escape.

Un Wilder que, en una primera lectura parece alejado del Wilder más conocido y familiar, pero que, en realidad nos está mostrando solo un lado, el costado más oscuro y siniestro de una realidad que conoce y domina a la perfección.

Sergio Zadunaisky

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