Crítica de cine: Pequeña Miss Sunshine
“Un auténtico fracasado no es quel que no gana. Un auténtico fracasado es alguien que tiene tanto miedo a no ganar que ni siquiera lo intenta”. (Frase del personaje del abuelo, interpretado por Alan Arkin).
El otro día hablaba en mi curso de cine sobre Luis Buñuel de “Susana“, una película escondida del director aragonés en su etapa mexicana. La historia de una joven que con sus actitudes de femme fatal socava la moral tradicional y cristiana de un puritano hogar de familia, es un ejemplo de cómo un personaje “negativo” termina ganándose la simpatía del espectador, ya que con sus actitudes no hace más que desnudar la hipocresía y el doble discurso de los que se dicen defensores de la fe y la castidad.

Los Hoover, una familia que se las trae
En Pequeña Miss Sunshine, ocurre algo parecido. Aquí no es un solo personaje sino una familia la que no encaja con los moldes de lo que se entiende como un grupo familiar “clásico”. Richard (Gregg Kinnear) es un padre que vive obsesionado con el éxito. Ha escrito un libro de autoayuda sobre los “nueve pasos para llegar al éxito”, pero no consigue un editor para publicarlo, por lo que se convierte en un típico “looser” que no tiene en su horizonte perspectivas de progreso y crecimiento dentro del standard social. Sheryl, su mujer (Toni Colette) es una abnegada ama de casa que intenta llevar adelante su casa y sus dos hijos, Olive y Dwayne. Olive es una niña de 7 años, ligeramente obesa que sueña con ganar un concurso de belleza infantil (con el nombre que da título a la película). Su hermano es un ferviente lector de Nietzsche que lleva varios meses sin hablar, en un arbitrario voto de silencio que prometió romper cuando ingrese en la escuela de la fuerza aérea. El retrato coral se completa con el abuelo (Alan Arkin), un hedonista empedernido que aconseja a su nieto acostarse con la mayor cantidad de mujeres posible. Su adicción a drogas duras provocó que lo alejaran de la pensión donde se alojaba y ahora vive con su hijo y la familia de éste. A estos personajes se agrega Frank, hermano de Sheryl, un profesor especialista en Proust que por insinuar sus tendencias homosexuales a un alumno fue expulsado del lugar donde enseñaba y luego de eso intentó suicidarse, por supuesto sin éxito.

La historia es una road movie bastante accidentada para sus protagonistas, que marcará un antes y un después para todos los personajes. El motivo para emprender el viaje es el concurso de belleza para niñas “Little Miss Sunshine”, una competencia en donde cada una de las participantes debe demostrar su talento para expresarse artísticamente (¿recuerdan los nefastos momentos protagonizados por los niños en los programas de Tinelli y Susana Giménez, por citar dos ejemplos?). Adoctrinada por su abuelo, Olive demostrará con su pequeño show que el (infame) concurso sobre el que ha puesto sus expectativas no debería admitir niños que se parecen demasiado a personas adultas y que su lugar en la sociedad no es precisamente aquél donde muchos padres depositan sus expectativas para ver brillar a sus hijos.
La película respira con un humor desopilante y con gratificantes momentos de ternura y distanciamiento paródico. Pequeños apuntes sobre algunos comportamientos sociales (el policía que perdona una multa a cambio de llevarse unas revistas eróticas es un ejemplo) hacen que esta peculiar familia y su inolvidable Volkswagen amarilla se inscriban dentro de lo mejorcito que hemos visto en cine este año. Sin alardes ni pretensiones de gran cine, con una dirección ajustada, actuaciones muy buenas y parejas, además de una banda de sonido muy recomendable. Para no dejarla pasar.
Sergio Zadunaisky

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