LA MARCHA DE LOS PINGÜINOS

La Marche de L´empereur - Francia, 2005

Dirección: Luc Jacquet

Guión: Luc Jacquet y Michel Fessler

Intérpretes: Morgan Freeman (Narrador).

“Quedan pocas imágenes libres. Todo está ya construido. Las imágenes son casi imposibles. (…) Busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta.” (Werner Herzog)

Estamos ante un documental, no hay dudas de ello, pero la ficción también se cuela por algunas grietas de esta opera prima del francés Luc Jacquet. Tenemos una clásica historia con comienzo, medio y fin, ya que la película nos narra uno de los ciclos vitales en la época de apareamiento de los pingüinos emperadores. Y éstos, además, son antropomorfizados en un rasgo que los convierte en personajes con emociones y sensibilidad humanas.

Hace siglos que los pingüinos Emperador, los más grandes de su especie, llevan a cabo en la Antártida una peregrinación de más de cien kilómetros hasta un lugar específico, en donde se aparearán para tener a sus crías. Allí soportarán ráfagas de viento fortísimas, hambre y sed, todo en pos del cuidado de sus huevos (cada pareja puede engendrar sólo uno por apareamiento). Primero serán los padres los que , sin moverse de donde están, deban sostenerlos sobre sus patas para que no se muera la cría antes de tiempo al entrar en contacto con el piso helado, mientras las hembras vuelven a su lugar de origen para alimentarse y recuperar el peso perdido durante la gestación. Luego se invertirán los roles y más adelante, deberán las crías solas ocuparse de sí mismas, para repetir el ciclo de sus padres unos años después. Estamos en presencia de una aventura digna de las arriesgadas expediciones del cineasta alemán Werner Herzog ó del pionero documentalista Robert Flaherty y también, por qué no, cercana a la del célebre Lawrence de Arabia en su extenuante peregrinaje por el desierto.

Cuando me encargaron, a principios de año hacer una nota sobre esta película, pensé que se trataba de una broma de los editores. Pero luego de verla, comprendí que no era un filme del montón. Y más al leer acerca de los comentarios y las reacciones que había suscitado en otras partes del mundo. Se convirtió en el segundo documental más visto en los Estados Unidos luego de Bowling for Columbine, de Michael Moore (ahora que ganó un Oscar quizás lo haya superado) y se había convertido en la bandera de los sectores más conservadores y ortodoxos de la iglesia, que la exhibían como la comprobación perfecta de la existencia de Dios en el mundo y de un plan “inteligente” creado por el mismo para sus criaturas. Una refutación a la teoría Darwiniana sobre la evolución de las especies, en dónde se resaltan la valoración de la monogamia, la familia, el amor y la perseverancia . Algo parecido a lo que había ocurrido poco tiempo atrás con La Pasión de Cristo, el polémico filme de Mel Gibson. Y es que si en ambas películas se tocan, es en el tema del sufrimiento como condición ineludible para alcanzar un bien sagrado (la salvación humana en el caso de la cinta de Gibson y la preservación de la especie en la película de Jacquet). Algunos otros creen ver en la sacrificada marcha pingüinesca un acto estúpido, sin sentido. ¿Para qué tanto dolor? ¿Por qué tanto sacrificio?

Inalterables al paso del tiempo, los pingüinos continúan con su marcha año tras año. Ahora el hombre se les ha acercado, para retratarlos y armar un espectáculo con ellos. La voz de Morgan Freeman (narrador en la versión sin doblar), mantiene una cadencia envolvente. Estamos ante una película que atrapa y fascina, sin dudas. Quizás porque vemos en aquellos pingüinos rasgos casi humanos. Fuera de discusiones filosóficas o teológicas, más que interesantes por supuesto, recomendamos la visión de una película que nos acerca quizás las ultimas imágenes “puras” que quedan en el planeta Tierra.

Crítica aparecida en la revista Leer Cine.